Arquitectura funeraria, arte en el cementerio Ciriego.
( 16 de Abril de 2002 )


Las actividades llevadas en los últimos años encaminadas a la protección del Patrimonio Cultural, han supuesto un gran esfuerzo para algunas administraciones, pero han permitido, en el caso del Patrimonio Histórico, preservar sobresalientes creaciones arquitectónicas y artísticas; obras señeras, testimonio de una época, ubicadas en un ente vivo como es la ciudad.

Pero curiosamente, los cementerios, uno de los espacios más respetados por la ciudadanía, no han tenido la misma suerte, a pesar de que las necrópolis son reductos de ciudades en los que se resumen buena parte de la historia, del comportamiento social y de la demanda artística durante un amplio arco temporal.

Santander cuenta con un excelente ejemplo, el Cementerio de Ciriego, uno de los más destacados en el ámbito funerario del norte de España, tanto por la traza del recinto como por las obras que en el se custodian. Por esta razón, la Sociedad Mixta Cementerio Jardín ha encargado un estudio a la historiadora del arte Carmen Bermejo con el fin de catalogar y poner en valor el patrimonio arquitectónico y artístico del campo santo. En este sentido, el responsable de esta sociedad, Samuel Ruiz, se muestra ilusionado con editar una publicación monográfica dedicada a Ciriego en la que se analice la historia del cementerio y se estudien los panteones más destacados por su valor artístico.

Carmen Bermejo Lorenzo realizó -y posteriormente publicó- su tesis doctoral sobre Arte y arquitectura funeraria, los cementerios de Asturias, Cantabria y Vizcaya (1787-1936), en la que efectúa un completo repaso a los aspectos legales que condicionaron en este periodo el establecimiento de nuevas necrópolis más alejadas de los centros urbanos, a los modelos planimétricos de los recintos funerarios y a las tipologías de panteones y enterramientos, así como a los programas iconográficos que el arte funerario maneja.

Nuevas necesidades

El proceso de construcción de cementerios en Santander desde que Carlos III promulgase a finales del siglo XVIII la Real Cédula sobre la edificación de campo santos extramuros, es sumamente interesante, adelantándose a otras grandes urbes en la creación de una necrópolis que cubriese sobradamente las necesidades de la población. Así, al auspicio de la legislación, se verificó la construcción de un nuevo y primer cementerio denominada de San Femando y enclavado cerca del Convento de las Clarisas, en la calle Alta. Pero el recinto en pocos decenios apenas si podía responder a las necesidades de los santanderinos, como lo relataba El Despertador Montañés en 1851.

El recinto presenta una estructura un tanto original respecto a otros edificios en el norte de España, lleno de significados vinculados a su función y servicios a prestar, como señaló en su momento Pérez de la Riva. La estructura en forma de cruz era para el arquitecto «emblema de la redención cristiana, a cuyo amparo se colocan los enterramientos», al propio tiempo que se prestaba muy bien para la distribución de los diversos ámbitos de los que se compone un cementerio (capilla, osario, sala de autopsias, vivienda del capellán y del sepulturero, entre otras), permitiendo adaptarse a las futuras ampliaciones y nuevas necesidades.

Organización interna

El espacio con una taza ortogonal se genera a partir de las vías de comunicación clasificadas en tres órdenes: de primer orden destinadas a pasos de tránsito y circulación principal de las comitivas; de segundo orden las que dividen estas zonas en manzanas son achaflanados, generando pequeñas plazoletas que facilitan el tránsito, lo mismo que el camino de ronda que se proyectó. Para resaltar la severidad del recinto al tiempo que preservar la salubridad pública, su proyecto incluía plantaciones naturales como cedros, tejos, abetos y cipreses.

Si el proyecto en sí mismo ya es una obra sobresaliente entre los recintos funerarios contemporáneos, su magnitud se engrandece desde el momento en que empieza a ser ocupado. La diversidad de panteones, sepulturas y monumentos que se incluyen en el campo santo santanderino son ejemplo de la riqueza de la producción funeraria en el país, ejecutadas por profesionales con experiencias en construcciones funerarias y modelos iconográficos. En Ciriego está la impronta de arquitectos y artesanos más famosos por otros trabajos, pero que también se sumaron a las corrientes del momento. Así, la impronta que dejaron las obras que se levantaron en Génova, Milán, París o Madrid se denota en sus proyectos, elementos decorativos y creaciones escultóricas.

En definitiva, en Ciriego, además de los recuerdos familiares, se aglutina una parte de la expresión artística de los creadores del siglo XX; porque en los cementerios también hay arte.

Valorar y conservar

La iniciativa de poner en valor el patrimonio arquitectónico y artístico conservado en el cementerio de Ciriego a través de una publicación es desde todo punto admirable y, quizá, el punto de partida para promover la protección de una determinada área de la necrópolis con alguna figura de las que se contemplan en la Ley de Patrimonio Cultural de Cantabria de 1988.

Además del conjunto, en Ciriego existen una serie de mausoleos y panteones pertenecientes a familias santanderinas de magnífica factura y algunos diseñados por arquitectos de prestigio. La mayoría presentan un estado de conservación satisfactorio, pero por contra existen otros, de indudable valor, que están prácticamente abandonados.

Es difícil, en estos casos, que la administración pueda tomar medidas ya que los panteones son de propiedad privada. Diferente sería si parte del campo santo se declarase bien de interés cultural, lo que podría obligar a mantener las construcciones.

Quien se aproxime a Ciriego con la intención de contemplar su arte debe detenerse en algunos panteones sobresalientes como los de Arechavala, Cué, Cué Fernández, Fernández Bravo, Pardo de Santayana, Hedilla, García Quintanilla, González Torre, Haro, Junco, Marín García, Martínez de las Heras, Meana, Víctimas del Machichaco, Prieto Lavín...


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