Llegué hace hoy tres meses a Santander. Una ciudad desconocida, sólo reconocible como punto negro en los mapas de carreteras. No conocía tampoco a sus ciudadanos, ni escudos, ni banderas. Sólo opiniones variopintas, unas negativas y otras positivas.
Ahora con cierto criterio y desde lo alto de la montaña, Santander dibuja un perfil caprichoso, entre el verde del campo y el negro de la penumbra. He recorrido tres meses de mi carrera de periodismo en la Agencia EFE. He visitado playas y más playas, pueblos y más pueblos, todas y todos ellos hermosos, magníficos representantes de la belleza de un territorio. He trabajado, estudiado, repasado mi lengua italiana. He bebido y salido, también he escrito aumentando mi nómina de microrrelatos, aunque todavía sin suceso.
Pero no he amado, no he reído lo sufriente y no he encontrado un lugar destinado para la eterna movilidad de mi ola. Eso quizá sea lo más negativo, aunque los años fuera de casa me han hecho reflexionar sobre la positividad de las cosas.
Santander es un lugar bonito, acogedor, necesario destino de cualquier viajero ávido de belleza. Sus calles la recorren abarrotadas de personas mayores, bien vestidas. La juventud se ve más de noche, en la llamada Plaza Cañadio, espacio de reunión de miles de jóvenes pro botellón que ahorran para financiar los grilletes de sus hipotecas. Los pub son todos muy parecidos, con su música y sus combinados de Jhonnie Walker con naranja. Poca gente se deleita con besos sabrosos en las paredes de las discotecas, aunque las mujeres, siempre arregladas y acicaladas, esparcen su aire de prepotencia impidiendo el cortejo. La noches es como todas las noches de España, amenizada con los cubalibres y con un buen rollo que al día siguiente y de mañana parece mutar en otro más desagradable.
También jugué a fútbol, aunque poco, sólo recuerdo haber fallado un penalti decisivo. El gimnasio, el más barato, también lo pise. Pero lo mejor de la actividad deportiva fueron los paseos en la playa de El Sardinero. Arena limpia y mar bravo y frío. Poca gente corría en la playa. Nunca encontré allí a la que buscaba.
Mi aventura en el norte ha sido buena porque he aprendido, sin embargo me deja un sabor amargo, fruto de la escasa amistad. Volveré sí, volveré, pero tarde seguramente. Espero que Santander nunca me cierre sus murallas porque las abriré hasta que quedan completamente abiertas. Santander guardo un lugar para ti en mi corazón.


