Estimada ciudadanía:
Es esta una de esas cartas que probablemente no se publicará pero que servirá al menos para hacerme creer (de nuevo) que tengo algún derecho como ciudadana.
Hoy, 16 de junio de 2008, he cometido un grave delito y este hecho me ha llevado a formularme cantidad de preguntas desde mi habitual ingenuidad.
He cometido el grave delito de pretender estudiar en el Paraninfo de la Universidad de Cantabria, único en nuestra hermosa ciudad que ofrece un horario continuado. Casualmente y dado mi horrible vicio de seguir formándome profesional y personalmente, decidí opositar este año. Me presento al cuerpo de profesorado técnico de FP con la intención de acompañar a personas libres en su proceso educativo. Pero no es ese el caso, eso no me libera de mi terrible culpa. Haber entrado con un carne de otra persona en tan solícito lugar.
Remontémonos al inicio de la experiencia: dada como decía mi ingenuidad habitual consideré que era la Universidad de Cantabria una universidad pública, motivo este que me animó a acercarme a su adorado Paraninfo a escasos 4 días de mi examen para estudiar de noche. Mi sorpresa comienza al llegar al umbral del citado edificio y encontrarme con que las personas usuarias que allí se encuentran son portadoras de un carné de socias. Por un momento creí estar ante la puerta de algún elitista club de tenis, de esos destinados a marcar las diferencias sociales, pero no, no podía ser, estaba ante un edificio de la universidad de Cantabria, así que dejé mi temor a un lado y me acerqué mucho a uno de los usuarios para poder entrar. Ya me causó esta acción un sentimiento de desasosiego: “¿Seré malvada por cometer este acto? ¿Se me juzgará popularmente por ello?” una vez mas el recordarme a mi misma que entraba en un edificio universitario y recordar el carácter público de la misma se disiparon los temores. Y entré. Estuve estudiando unas dos horas hasta que me apuró la necesidad de usar el servicio. Mi segunda sorpresa viene cuando al intentar salir me encuentro custodiando la entrada del servicio un barbilampiño “Vigilante de Seguridad”. Curiosamente no me sentí nada segura con su presencia y contuve mis ganas de miccionar para regresar a mi sitio y meditar. ¿Aquella persona situada estratégicamente era capaz de proporcionar seguridad al lugar? ¿No parecía más aquel pobre chico un venido a menos “amo del calabozo”? ¿Alguien habría evaluado la seguridad personal de aquel chico con aspecto de haber sido permante objeto de burlas en el colegio? Decidida a llevar mi crimen hasta el final le comento el problema a una amiga que está afuera y acude presurosa con la tarjeta de un amigo que sí pertenece a tan selecto club. Nerviosa pero decidida me acerco de nuevo a la custodiada entrada del baño pero… horror, la tarjeta de socia selecta solo funciona si previamente has entrado con ella. Me acerco pues a otro usuario selecto y le comento mi problema, me ayuda y salgo pero ohhhh! El pequeño amo del calabozo (a estas alturas ya lo tengo claro) me ve y viene presuroso a trabajarse conmigo la tan ansiada seguridad de que el mismo carece. Me echa como se echa a los alcohólicos violentos de los bares y me recuerda unas cuantas normas de obligado cumplimiento en la vida. Me intenta responsabilizar del fracaso escolar de cietnos de estudiantes universitarios de dicho club social (también tengo claro este término a estas alturas), que no pueden aprobar porque yo ocupo indebidamente un sitio en tan privado lugar. Me confisca la tarjeta sin tener desde su posición de vigilante de seguridad autoridad para ello. Y yo salgo de allí asumiendo mi crimen:
Cierto que no lo consideré como un allanamiento de morada teniendo en cuenta que supuse ingenuamente que la universidad y sus edificios son públicos, cierto que utilicé la tarjeta de un usuario que sí pertenecía a la élite, cierto que creí que la universidad y nuestra ciudad estaban ahí para velar por los intereses estudiantiles y facilitar el acceso de las personas a dicho estudio, cierto que me sentí estudiante. Asumo mi terrible falta.
La próxima vez me acercaré de un momentito a estudiar a cualquiera de los centros municipales de estudio de la ciudad de Oviedo donde estudié mi carrera. Sólo son un par de horitas de ida y otro par de vuelta. Si me organizo bien no habrá problema.
Lo que tengo claro es que jamás volveré a cometer tan grave delito: querer un espacio en Santander para estudiar. Mea culpa.
Ángeles Romano Díaz.


